La gobernanza de la FIFA enfrenta escrutinio tras la muerte de un guardameta palestino
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La gobernanza de la FIFA enfrenta escrutinio tras la muerte de un guardameta palestino

La muerte denunciada del guardameta palestino Saleem al-Ashqar ha reavivado una pregunta más profunda que la FIFA nunca ha respondido por completo: cuando los futbolistas se ven afectados por la guerra, ¿cuál es exactamente el deber de la federación más allá de las declaraciones? Las críticas dirigidas a la FIFA no tratan solo de una tragedia, sino de si el organismo más poderoso del fútbol mundial aplica sus normas con constancia, transparencia y disciplina institucional.

Para una organización que se presenta como garante de la unidad global del fútbol, el desafío es estructural. La FIFA ha construido un vocabulario moderno de derechos humanos y recurre con frecuencia a la neutralidad, pero le cuesta demostrar que esos principios constituyen una norma operativa clara cuando los conflictos entran en el deporte.inside.

La comparación entre Rusia e Israel

El punto de referencia más evidente es Rusia. Después de la invasión de Ucrania en febrero de 2022, la FIFA y la UEFA anunciaron conjuntamente que todos los equipos rusos, tanto nacionales como de clubes, serían suspendidos de la competición “hasta nuevo aviso”, describiendo esa decisión como una respuesta adoptada en solidaridad con las personas afectadas en Ucrania.inside.

Ese precedente importa porque demuestra que la FIFA es capaz de actuar con rapidez y firmeza en una crisis geopolítica. Pero también expone la debilidad más persistente de la federación: nunca ha expuesto públicamente una prueba duradera que explique por qué un conflicto desencadenó una exclusión deportiva inmediata mientras otro, mucho más prolongado, ha llevado a la hesitación, a medidas parciales o a ninguna sanción comparable.

El caso Israel-Palestina es jurídica y políticamente distinto de la guerra Rusia-Ucrania, y esa diferencia no puede ignorarse. El estatus de Cisjordania, el alcance jurisdiccional de la Asociación de Fútbol de Israel y las cuestiones territoriales no resueltas generan complejidades que la FIFA puede invocar como razones para la cautela.

Aun así, la complejidad no es lo mismo que la claridad. Si la FIFA cree que los casos son materialmente distintos, debe explicar esas diferencias de una forma lo bastante precisa como para resistir el escrutinio de las asociaciones miembro, los atletas, los juristas y el público. Sin eso, la percepción de una aplicación selectiva se vuelve casi inevitable.inside.

Derechos humanos y política de la FIFA

El marco de derechos humanos de la FIFA es, sobre el papel, más sólido de lo que muchos críticos admiten. La federación afirma que se compromete a respetar todos los derechos humanos internacionalmente reconocidos, y vincula ese compromiso directamente con el artículo 3 de sus Estatutos. La Política de Derechos Humanos de la FIFA adoptada en 2017 señalaba que reforzaría y orientaría el trabajo de la organización en materia de derechos humanos, mientras que sus materiales públicos actuales precisan que esos derechos están integrados en todas sus operaciones y relaciones.inside.

La verdadera cuestión es si esa política se ha convertido en un mecanismo de gobernanza o si ha seguido siendo en gran medida aspiracional. El lenguaje sobre derechos humanos solo tiene valor si se traduce en procedimientos visibles de evaluación de riesgos, escalada, reparación y comunicación cuando personas vinculadas al fútbol o infraestructuras futbolísticas se ven afectadas por un conflicto armado.

Ahí es donde la FIFA sigue siendo difícil de evaluar. Puede citar declaraciones de política general, pero ha aportado muchas menos pruebas de un marco transparente de respuesta a conflictos que indicaría a las partes interesadas cómo pondera la seguridad de los jugadores, el funcionamiento de los clubes, la responsabilidad de las asociaciones y la rendición de cuentas pública. En la práctica, la FIFA todavía parece decidir muchas de estas cuestiones caso por caso, lo que puede ser flexible, pero no es lo mismo que ser coherente.

El récord de Gianni Infantino

La presidencia de Gianni Infantino ha amplificado tanto la ambición como las contradicciones de la FIFA. Sus defensores sostienen que ha ampliado el lenguaje de la federación en materia de política social y ha mantenido la atención sobre el alcance global del fútbol, al tiempo que insiste en que el deporte no debe quedar atrapado demasiado profundamente en las batallas políticas. Los documentos oficiales de la FIFA bajo su dirección destacan la responsabilidad social, la lucha contra la discriminación y los derechos humanos como elementos de sus objetivos estratégicos.

Sin embargo, Infantino también ha encarnado un estilo de liderazgo que alimenta entre muchos la idea de que la FIFA es selectiva en la forma en que adopta un lenguaje moral y luego se repliega en la cautela procedimental. Durante el período del Mundial de Qatar, recibió fuertes críticas de grupos de defensa de los derechos por responder de manera defensiva al escrutinio, un episodio que reforzó la impresión de que la FIFA, bajo su mando, suele tratar la rendición de cuentas como una molestia externa en lugar de como un deber de gobernanza.

Su postura sobre Rusia también ha complicado su legado. En 2026, Infantino declaró que apoyaba levantar la prohibición sobre Rusia y afirmó que esa sanción no había “logrado nada”, una postura defendible en teoría pero incómoda para una organización que había utilizado esa suspensión como prueba de una acción basada en principios.

Tomados en conjunto, estos episodios muestran una presidencia que no ha resuelto el problema central de identidad de la FIFA. Bajo Infantino, la FIFA ha proyectado poder y peso diplomático, pero no siempre ha proyectado coherencia institucional. Esa distinción importa, porque la credibilidad en materia de gobernanza depende no solo de decisiones firmes, sino también de la manera en que disputas similares se tratan mediante criterios similares.inside.

Neutralidad política en el fútbol

La defensa tradicional de la FIFA en asuntos políticamente sensibles consiste en decir que es un organismo de fútbol, no un ministerio de asuntos exteriores. Ese argumento tiene cierta validez, porque la organización no está diseñada para arbitrar conflictos internacionales ni para sustituir el derecho internacional público. Sus estatutos y estructuras de gobernanza se basan en la afiliación de asociaciones, las reglas deportivas y la administración ordenada del juego.digitalhub.

Pero la neutralidad no es una excusa para la opacidad. Cuando la FIFA dice que se mantiene al margen de la política, el público sigue esperando que explique cómo se aplican sus principios deportivos cuando la guerra daña el ecosistema del fútbol. Una institución neutral también puede ser responsable, y de hecho necesita serlo aún más precisamente porque actúa en un terreno disputado.digitalhub.

Ese es el núcleo del problema. La FIFA quiere la autoridad para intervenir cuando lo considera necesario, como hizo con Rusia, pero también quiere la discreción necesaria para no intervenir cuando el riesgo político es alto o la incertidumbre jurídica es mayor. Eso puede ser comprensible desde el punto de vista institucional, pero deja a la federación expuesta a la acusación de usar la neutralidad como escudo para encubrir incoherencias.

Transparencia y rendición de cuentas

Un organismo de gobernanza gana confianza cuando las partes interesadas pueden entender cómo se toman las decisiones, incluso si no están de acuerdo con el resultado. El problema actual de la FIFA no es solo lo que decide, sino el muy bajo nivel de transparencia sobre las normas que sustentan esas decisiones. La ausencia de un marco claro de sanciones en caso de conflicto hace más difícil defender a la federación frente a acusaciones de trato desigual.

Eso tiene consecuencias prácticas para jugadores, clubes y asociaciones nacionales. Cuando futbolistas son asesinados, desplazados o forzados a competir en condiciones marcadas por la guerra, el órgano rector del fútbol no puede limitarse a grandes declaraciones sobre paz y unidad. Necesita procedimientos visibles, comprobables y comparables de un caso a otro, especialmente cuando las asociaciones miembro esperan un trato igual bajo los mismos estatutos.

El problema de credibilidad se ve reforzado por el hecho de que la FIFA ya ha demostrado que puede actuar con rapidez cuando quiere. La suspensión de Rusia demostró capacidad institucional; la ausencia de un marco comparable en otros contextos plantea la pregunta inversa, a saber, si la aplicación de normas por parte de la FIFA está guiada más por la diplomacia y el contexto que por un principio publicado.

El coste de la aplicación selectiva

La aplicación selectiva es dañina porque crea jerarquías dentro de un sistema que afirma ser universal. Si una asociación miembro puede ser suspendida rápidamente tras un shock geopolítico, mientras otra puede operar en medio de un conflicto prolongado sin una norma equivalente claramente enunciada, la federación corre el riesgo de crear una versión de dos velocidades de la gobernanza del fútbol.

Esa percepción afecta a más que la política de élites. Los aficionados, los clubes y los jugadores interpretan el comportamiento institucional como una medida del lugar que ocupa su sufrimiento en el orden mundial del fútbol. Cuando la FIFA aparece decisiva en un caso y deferente en otro, su lenguaje de igualdad empieza a parecer condicional en lugar de universal.inside.

Sin embargo, existe un contraargumento serio. Las sanciones deportivas de gran alcance pueden castigar a atletas y aficionados que no son responsables de las acciones del Estado, y las prohibiciones globales pueden endurecer las divisiones en lugar de resolverlas. Por eso algunos expertos en derecho y gobernanza prefieren medidas selectivas, revisión jurídica y debido proceso estructurado en lugar de una exclusión inmediata. El desafío de la FIFA es mostrar que, si prefiere la cautela en un caso, esa cautela se basa en criterios de principio y no en la conveniencia.

Lo que esta controversia significa en última instancia para la FIFA no es si la organización resolverá de pronto la política de la guerra. Es si la federación puede proteger la legitimidad de sus propias normas aplicándolas de manera coherente, explicándolas con claridad y alineándolas con los compromisos en materia de derechos humanos que ya afirma respetar.

Si la FIFA continúa respondiendo a los conflictos armados de forma caso por caso, reforzará la sospecha de que su gobernanza está moldeada tanto por el poder, la diplomacia y el cálculo reputacional como por los estatutos. Si desarrolla un marco transparente de respuesta a crisis, no eliminará la dificultad política, pero fortalecerá su credibilidad institucional.

Para Infantino, se trata de un punto decisivo de su legado. Su presidencia ha hecho a la FIFA más visible, más poderosa comercialmente y más rotunda en cuestiones sociales, pero no necesariamente más fiable en materia de coherencia. El caso al-Ashqar ha hecho más difícil ignorar esa brecha, y en la gobernanza mundial del fútbol, la confianza es el único activo que no puede fabricarse después de los hechos.