La reelección de Gianni Infantino profundiza las preguntas sobre gobernanza y responsabilidad en la FIFA
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La reelección de Gianni Infantino profundiza las preguntas sobre gobernanza y responsabilidad en la FIFA

La trayectoria de Gianni Infantino hacia otro mandato como presidente de la FIFA parece ahora extremadamente difícil de detener, porque más de 200 asociaciones miembro han respaldado su candidatura, dejando solo a un pequeño número de federaciones fuera de la coalición formada a su alrededor. Esto importa porque no se trata simplemente de una elección de liderazgo; es una prueba de si el modelo de gobernanza de la FIFA todavía permite una verdadera competencia política o si se ha deslizado hacia un consenso administrado.

La importancia más amplia de esta situación va más allá del fútbol. Si el organismo deportivo más poderoso del mundo puede avanzar hacia una elección prácticamente incontestable mientras controversias importantes siguen sin resolverse, entonces la cuestión ya no es solo quién dirige la FIFA. Se convierte en si la responsabilidad dentro de la FIFA es lo suficientemente fuerte como para controlar el poder de su propia presidencia.

¿Sigue teniendo la FIFA una democracia competitiva?

En términos formales, la FIFA sigue siendo una organización basada en sus miembros, con elecciones y estatutos, lo que le da apariencia de democracia. En términos funcionales, sin embargo, la democracia exige algo más que un voto cada pocos años. Exige competencia abierta, espacio para la disidencia y la posibilidad real de que el poder cambie de manos.

Ahí es donde la gobernanza de la FIFA parece frágil. Infantino ya ha sido reelegido sin oposición, y la carrera actual parece encaminarse por el mismo camino, con la UEFA y algunas federaciones europeas considerando si respaldar a un candidato alternativo, pero con dificultades para unirse en torno a una sola figura. Un sistema puede ser procedimentalmente válido y al mismo tiempo políticamente débil si su competencia electoral es demasiado limitada para producir responsabilidad. Esa es la preocupación central en torno a esta elección de la FIFA.

La controversia Balogun y las preguntas sobre el fair play

La controversia Balogun ha dado una urgencia adicional a esta elección porque se ha convertido en un símbolo de cómo la FIFA maneja la disciplina, la equidad y la transparencia bajo presión. La decisión de levantar o posponer la suspensión del delantero ha provocado la ira de la UEFA y de otros críticos, que sostienen que la FIFA cruzó una línea en medio de una competición importante. El problema no es solo el resultado, sino la percepción de que el organismo rector ejerció su autoridad de una manera difícil de examinar públicamente.

Esa percepción importa porque la coherencia disciplinaria es uno de los fundamentos de la gobernanza deportiva. Si un caso parece ser tratado de manera distinta a los precedentes, el marco ético de la organización pierde credibilidad aunque no se haya violado formalmente ninguna norma. La FIFA tiene derecho a defender sus procedimientos, y puede argumentar que los asuntos disciplinarios suelen ser complejos y delicados, pero la negativa a publicar la justificación completa ha intensificado las críticas en lugar de calmarlas. En ese sentido, la controversia Balogun se ha convertido tanto en una prueba de la transparencia de la FIFA como en una disputa sobre un solo jugador.

El creciente poder concentrado de la FIFA

La presidencia de Infantino ha estado cada vez más asociada con una concentración del poder político en el centro de la FIFA en lugar de en sus asociaciones miembro. Las reformas posteriores a Blatter estaban pensadas para establecer una separación más clara entre política y administración, reforzar los límites de mandato y mejorar la supervisión, pero los críticos sostienen que la estructura actual todavía deja al presidente con una influencia extraordinaria. Eso es especialmente cierto cuando la presidencia se combina con una amplia capacidad para influir en los nombramientos, fijar la agenda y controlar el acceso a los recursos.

La FIFA puede responder que un liderazgo central es necesario para un organismo global que abarca todas las regiones y husos horarios. Ese argumento tiene cierto mérito, porque una federación fragmentada tendría dificultades para gestionar las competiciones mundiales, los acuerdos comerciales y los programas de desarrollo. Pero la concentración del poder se convierte en un riesgo de gobernanza cuando los contrapesos son demasiado débiles para desafiar el centro. La preocupación no es el liderazgo en sí; es la ausencia de contrapesos eficaces.

Cómo la influencia financiera moldea la política de la FIFA

La influencia financiera sigue siendo uno de los motores más importantes de la política de la FIFA. Los programas de desarrollo de la organización distribuyen sumas importantes a las asociaciones miembro, y los críticos sostienen que este sistema puede generar lealtad al hacer que las federaciones dependan de los recursos de la FIFA. El trabajo de FairSquare ha sido especialmente influyente al afirmar que los flujos de dinero no siempre se basan en necesidades ni en criterios transparentes, lo que plantea preguntas sobre si la financiación sirve principalmente para el desarrollo o para la estabilidad política.

Los defensores de la FIFA dirían lo contrario: que la redistribución es precisamente la manera en que un organismo mundial debe apoyar al fútbol en los países más pequeños y menos ricos. Ese argumento tiene fuerza, especialmente cuando federaciones de África, Asia, Oceanía y partes del Caribe suelen depender del apoyo externo para las infraestructuras y el fútbol formativo. Sin embargo, la falta de detalles públicos sobre cómo se seleccionan, supervisan y evalúan los fondos mantiene viva la sospecha de que el dinero del desarrollo puede moldear la lealtad política tanto como el crecimiento del fútbol.

La transparencia y la responsabilidad bajo escrutinio

La transparencia de la FIFA está bajo presión porque las salvaguardas formales del organismo no son lo bastante convincentes como para silenciar el escepticismo. El código de ética de la organización existe, y la FIFA afirma que su paquete de reformas reforzó la gobernanza después de la era Blatter, incluyendo límites de mandato y una mayor supervisión. Pero los críticos sostienen que la verdadera pregunta no es si existen normas; se trata de si se aplican de manera independiente y visible cuando los riesgos son más altos.

Por eso son tan importantes las recientes acusaciones de que algunas asociaciones habrían sido presionadas para respaldar a Infantino. Si fueran ciertas, irían directamente en contra de la idea de una toma de decisiones interna libre y plantearían preocupaciones bajo el propio marco ético de la FIFA. Incluso sin pruebas definitivas de mala conducta, el mero hecho de que estas acusaciones sean plausibles en la conversación pública muestra cuán débil se ha vuelto la confianza institucional. La responsabilidad no consiste solo en castigar los abusos después de que ocurren; también consiste en contar con procedimientos que eviten que el sospecha eche raíces desde el principio.

¿Puede la FIFA reformarse desde dentro?

La comparación histórica con la era de Sepp Blatter es inevitable. La FIFA introdujo reformas después de la crisis de corrupción, incluyendo límites de mandato y reglas de divulgación más estrictas, precisamente porque el sistema anterior había perdido la confianza pública. Esas reformas debían hacer que futuras presidencias fueran menos personales y menos vulnerables al clientelismo. Más de una década después, sin embargo, siguen presentes las mismas preguntas estructurales: quién tiene realmente el poder, cómo se controla ese poder y si la cultura de gobernanza ha cambiado lo suficiente como para impedir que regresen viejas prácticas.

Existe un argumento sólido de que la FIFA ha mejorado en algunas áreas desde los peores años de Blatter. También es cierto que cualquier organismo global siempre tendrá tensiones entre política, recursos e intereses regionales. Pero la reforma se juzga por los resultados, no por las promesas. Si el sistema actual sigue recompensando la alineación por encima del escrutinio y la lealtad por encima de la independencia, entonces la reforma ha sido, en el mejor de los casos, parcial.

Lo que un nuevo mandato de Infantino podría significar para el fútbol mundial

Si Infantino gana otro mandato como se espera, el fútbol mundial probablemente verá continuidad en la estrategia, especialmente en el crecimiento comercial, la expansión de torneos y el papel central de la FIFA en la política del deporte. Para algunas federaciones, eso se recibirá como estabilidad. Para otras, parecerá la consolidación de un modelo presidencial que se ha vuelto más difícil de desafiar y más difícil de corregir.

El riesgo reputacional es que la FIFA parezca cada vez más alejada de los estándares que exige a los demás. Un organismo rector que habla con frecuencia de integridad, ética e inclusión debe ser capaz de demostrar que sus propios procesos están abiertos al escrutinio. Si la confianza pública sigue debilitándose, el daño no se limitará a una sola controversia o a una sola elección. Afectará a la legitimidad de la gobernanza del fútbol internacional en su conjunto, incluida la forma en que aficionados, federaciones, patrocinadores y jugadores perciben la autoridad de la FIFA.

La lección más profunda es que el apoyo político abrumador no es lo mismo que la legitimidad institucional. La legitimidad en la FIFA depende de mucho más que de los números; depende de la transparencia, la responsabilidad y una competencia real dentro del sistema. Si esos estándares continúan erosionándose, incluso una reelección aplastante dejará abierta la gran pregunta de si la FIFA está siendo gobernada o simplemente administrada.