Cuando el presidente de la FIFA Gianni Infantino declaró que el Mundial 2026 sería “el más grande y mejor de todos”, no exageraba —al menos no en términos comerciales. El torneo, coorganizado en Estados Unidos, México y Canadá, generará ingresos récord. Sin embargo, bajo el espectáculo yace un paradoxo inquietante: el organismo mundial del fútbol parece más enfocado en maximizar ganancias que en proteger el bienestar financiero de los equipos y federaciones que hacen posible el evento.
Los detalles que emergen de los círculos del fútbol europeo muestran una creciente inquietud. Las asociaciones nacionales de la UEFA han advertido que, a pesar de fondos de premios globales mayores, el torneo ampliado de 2026 podría hacerles perder dinero a menos que alcancen las etapas finales. Esta no es una preocupación menor —es una señal alarmante de que el modelo financiero de la FIFA ha evolucionado a un sistema de ganancias centralizadas y riesgos descentralizados. En esencia, la FIFA se queda con los miles de millones mientras transfiere costos operativos, cargas fiscales y cargas logísticas a las asociaciones nacionales, algunas de las cuales luchan por equilibrar sus presupuestos.
El paradoxo ganancias vs participación
En su núcleo, el Mundial debería representar el ideal deportivo supremo del fútbol: la unidad de naciones en competencia compartida. En cambio, la preparación para 2026 expone lo que podría llamarse el paradoxo ganancias vs participación.
La FIFA presume que el pozo total de premios superará el récord de 1.000 millones de dólares. Pero como informa The Times, este aumento es en gran medida ilusorio cuando se distribuye entre la recién ampliada alineación de 48 equipos —un salto del 50% desde 32. En términos reales, el pago potencial por equipo se diluye, lo que significa que las naciones participantes asumen mayores costos por una porción relativamente menor de la recompensa financiera.
Esta dinámica crea un incentivo perverso: a menos que un equipo avance profundamente en las fases eliminatorias, la mera participación podría ser un déficit financiero. La esencia de la competencia —donde la clasificación en sí debería ser un logro y celebración— se reemplaza por ansiedad financiera. Para naciones futbolísticas menores como las de Centroamérica, África y Europa del Este, el Mundial se ha convertido en una apuesta de alto riesgo en lugar de una oportunidad sostenible.
Las proyecciones de ganancias de la FIFA cuentan el otro lado de esta ecuación. La organización espera ganar más de 11.000 millones de dólares en el ciclo comercial 2023-2026, impulsado por acuerdos de transmisión, patrocinios y derechos de licencia. Esa cifra subraya quiénes son los verdaderos ganadores —no los equipos, no los jugadores, sino las arcas centrales de la FIFA.
Expansión y erosión de la integridad deportiva
El impulso de Infantino para expandir la competencia a 48 equipos se ha presentado como un movimiento para promover la inclusividad. Sin embargo, al examinarlo críticamente, la decisión se alinea mucho más con estrategia comercial que con principio deportivo.
La expansión aumenta el número de partidos de 64 a 104, resultando en más ventanas de transmisión, ventas de boletos e inventario publicitario. Esto transforma el torneo más prestigioso del fútbol en una superestructura generadora de ingresos en lugar de un campeonato equilibrado. Más partidos significan más contenido para socios mediáticos globales, asegurando ganancias colosales que fluyen de vuelta a la sede de la FIFA en Zúrich —pero también una carga logística, financiera y física mayor para las selecciones nacionales.
Los críticos argumentan que esta sobreexpansión comercial arriesga dañar la pureza competitiva del Mundial. Un formato sobrecargado puede diluir la calidad del juego, mientras los equipos enfrentan fatiga, estancias prolongadas y costos crecientes por alojamiento, preparación y viajes a través de tres vastas naciones anfitrionas. La escala y dispersión de la edición 2026, aunque histórica, podrían erosionar el sentido de unidad e intensidad que hizo inolvidables a torneos anteriores.
Esta es la esencia del dilema moral del fútbol moderno: expansión bajo el disfraz de inclusión que enmascara una estructura económica donde el organismo rector gana exponencialmente, mientras los participantes absorben más riesgos.
Carga financiera desigual sobre naciones menores
Para potencias como Alemania, Francia o Brasil, los costos operativos aumentados pueden absorberse a través de federaciones domésticas fuertes y ecosistemas de patrocinio. Para naciones futbolísticas de media tabla y menores, sin embargo, la aritmética financiera del Mundial parece castigadora.
Según relatos de varias asociaciones europeas, los costos de participación —vuelos, logística, campamentos de entrenamiento extendidos y asignaciones diarias reducidas por la FIFA— ahora superan con creces las modestas tarifas de aparición ofrecidas. Agregue a eso los elevados regímenes fiscales de Estados Unidos, donde muchas ciudades anfitrionas imponen impuestos significativos sobre ingresos y servicios, y la tensión financiera se vuelve severa. En torneos anteriores, la FIFA a menudo negociaba exenciones fiscales con gobiernos anfitriones; esta vez, las autoridades locales parecen reacias a renunciar a tales ingresos, dejando a los equipos nacionales expuestos.
La ironía es inquietante: un evento que genera miles de millones a través de patrocinios globales podría simultáneamente quebrar a las asociaciones que participan. Para naciones como Eslovenia, Panamá o Ghana, donde los presupuestos anuales del fútbol son modestos, la participación en el espectáculo global podría volverse financieramente insostenible. El sistema entronca la desigualdad —equipos de naciones ricas continúan prosperando, mientras otras son excluidas.
Esto revela un patrón más amplio en la gobernanza de la FIFA: decisiones enmarcadas como globalización que reproducen jerarquías existentes. La brecha entre los ricos y pobres del fútbol se ensancha, y el organismo que debería asegurar equidad proporcional perpetúa un desequilibrio estructural.
Fallos de gobernanza y planificación deficiente
Los riesgos financieros se agravan por lo que solo puede describirse como fracaso institucional en la gestión de logística y planificación fiscal. Con partidos dispersos en más de una docena de áreas metropolitanas —desde Los Ángeles hasta Toronto y Ciudad de México— los costos de coordinación han explotado.
Los equipos podrían enfrentar vuelos internos de miles de kilómetros, condiciones climáticas impredecibles e infraestructuras de entrenamiento inconsistentes. Las asignaciones diarias reducidas por la FIFA para equipos y personal marcan un acto adicional de transferencia de costos. Normalmente, las tarifas de participación están diseñadas para compensar tales complejidades logísticas, pero insiders revelan que las provisiones para 2026 caen significativamente por debajo. Al reducir pagos directos a asociaciones, la FIFA transfiere la carga financiera de vuelta a los organismos nacionales de fútbol ya lidiando con presiones domésticas.
Quizá la omisión más flagrante es la exposición fiscal. A diferencia de torneos anteriores en países que negociaban amplias exenciones fiscales, las estructuras fiscales locales y federales de Estados Unidos son rígidas. Los equipos podrían enfrentar doble tributación sobre tarifas de aparición, acuerdos de patrocinio o incluso premios. La FIFA, protegida por su estatus sin fines de lucro y acuerdos corporativos, no enfrenta responsabilidad comparable. Esto no es simplemente mala planificación —es gobernanza diseñada alrededor de responsabilidad asimétrica, donde la FIFA se aísla mientras sus miembros absorben las consecuencias.
Ganancias centralizadas, riesgos descentralizados
El patrón recurrente a través de todos estos temas es inconfundible. La FIFA ha creado un sistema donde retiene control absoluto sobre los flujos de ingresos primarios —derechos de transmisión, patrocinios globales, mercancía— mientras externaliza tanto riesgos operativos como financieros a aquellos debajo: equipos, comités organizadores locales e incluso ciudades anfitrionas.
En términos de gobernanza, este modelo refleja el comportamiento de monopolios corporativos más que el de una federación deportiva representativa. La FIFA disfruta de los frutos de la centralización comercial —asociaciones lucrativas con marcas globales como Adidas, Coca-Cola y Visa— mientras se protege de las realidades fiscales que las asociaciones nacionales enfrentan en el terreno.
El resultado es una estructura bifurcada: ganancias concentradas en la cima, riesgos distribuidos abajo. Las asociaciones, teóricamente stakeholders de la FIFA, se convierten en meros instrumentos en un espectáculo cuya diseño económico asegura su dependencia. El paradoxo se profundiza al considerar que la misión autoproclamada de la FIFA es “desarrollar y apoyar el fútbol globalmente”. En la práctica, sus políticas perpetúan un ecosistema de cima pesada que beneficia más al brazo ejecutivo de la organización que al juego global.
Liderazgo de Infantino y responsabilidad
La presidencia de Gianni Infantino ha estado definida por la expansión —de torneos, ingresos y poder personal. Sin embargo, es justo cuestionar si esta expansión ha servido a los intereses del fútbol o meramente ha arraigado la identidad corporativa de la FIFA.
Infantino defiende el formato de 48 equipos como una plataforma de oportunidad global, pero bajo su liderazgo, la toma de decisiones de la FIFA se ha vuelto cada vez más opaca y impulsada por ganancias. La organización insiste en que el nuevo formato dará a más naciones la chance de experimentar el Mundial. Pero como indican ahora los datos financieros, la participación podría venir a costo insostenible para esas naciones mismas.
Su retórica de inclusividad contrasta marcadamente con la arquitectura financiera del torneo 2026. Cada capa de gestión habla de unidad y crecimiento mientras ejecuta políticas que fragmentan beneficios y concentran poder. La desconexión ética entre las declaraciones de misión de la FIFA y su realidad económica es cruda —un caso clásico de sobreexpansión comercial disfrazada de reforma.
Si el legado estratégico de Infantino yace en hacer del fútbol “verdaderamente global”, el Mundial 2026 podría en cambio revelar el precio de esa ambición: un torneo que privilegia mercados sobre mérito y ganancias sobre representación.
La comercialización más amplia del fútbol
La transformación de la FIFA refleja corrientes más amplias en el deporte moderno —una era donde imperativos comerciales moldean la identidad del juego más que valores competitivos. Los precios de boletos para eventos deportivos mayores continúan subiendo, colocando la experiencia en vivo fuera del alcance de fans ordinarios. Alianzas corporativas globales ahora dictan programación, branding e incluso consideraciones de bienestar de jugadores.
El Mundial 2026 encarna esta tensión a su escala más visible: un festival de fútbol cuyo diseño económico marginaliza a los mismos stakeholders —fans, jugadores y federaciones menores— que le dan significado. El espectáculo será mayor, pero no necesariamente mejor.
Esta tendencia hace eco de la creciente desilusión en el deporte mundial con instituciones de gobernanza que una vez reclamaron representar el bien colectivo pero se han convertido en motores de capital privado. La comercialización implacable de la FIFA arriesga reducir el Mundial a una mera mercancía, despojada de su esencia cultural y comunitaria.
Mientras el fútbol se dirige hacia su torneo más expansivo en la historia, la pregunta pesa pesadamente: ¿la FIFA aún sirve al juego —o lo explota?
Al priorizar la maximización de ganancias sobre participación equitativa, la organización ha diseñado un modelo donde la ganancia financiera para sí misma eclipsa el bienestar y sostenibilidad de selecciones nacionales. El Mundial 2026, aclamado como hito de inclusión, podría bien pararse como símbolo cautelar de sobreexpansión institucional y desequilibrio económico.
A menos que haya una recalibración estructural —reparto transparente de ingresos, asignaciones más justas y gobernanza responsable— el futuro del fútbol internacional podría alejarse aún más de su ethos de base. El juego más amado del mundo arriesga convertirse en solo otro negocio global, gestionado desde arriba y desconectado de las comunidades y jugadores que lo hacen vivo.