Saudi Arabia’s Human Rights Record Shadows 2034 FIFA World Cup Bid
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El historial de derechos humanos de Arabia Saudita proyecta una sombra sobre su candidatura para el Mundial de la FIFA 2034

Las ambiciones de Arabia Saudita de convertirse en un centro deportivo global chocan cada vez más con las preocupaciones sobre su historial de derechos humanos. La reciente detención de 12 aficionados al fútbol por cantar una canción folclórica durante un partido ha reavivado las dudas sobre si el Reino ofrece las libertades y la seguridad necesarias para albergar grandes eventos deportivos internacionales como la Copa Mundial de la FIFA.

El incidente ocurrió en enero de 2024, cuando seguidores del Club de Fútbol Al Safa recitaron un canto tradicional en honor al imán Ali, una figura profundamente respetada entre los musulmanes chiíes. Lo que comenzó como un momento de orgullo cultural se transformó rápidamente en una situación punitiva: las autoridades saudíes acusaron a los aficionados de promover “frases sectarias”, los detuvieron y los acusaron en virtud de la Ley contra los Delitos Cibernéticos. Esta ley prohíbe actos considerados perjudiciales para el “orden público” o los “valores religiosos”, pero observadores de derechos humanos sostienen que se utiliza con frecuencia para silenciar la disidencia y la libre expresión.

Represión bajo el pretexto del orden

Tras el incidente, más de 150 personas fueron citadas para ser interrogadas. Informes indican que funcionarios de seguridad presionaron a los detenidos para que firmaran confesiones forzadas admitiendo haber recitado cánticos “sectarios”, bajo amenaza de prisión. Si son declarados culpables, los 12 seguidores de Al Safa podrían enfrentarse a hasta cinco años de cárcel simplemente por una expresión pública de folclore religioso.

La Federación Saudí de Fútbol añadió otra capa de castigo al multar al Club Al Safa con 200.000 riyales (aproximadamente 53.000 dólares estadounidenses) y prohibir a los aficionados asistir a los cinco siguientes partidos en casa. El comité disciplinario acusó a los seguidores de violar las normas de “ética y estándares disciplinarios”.

Estos acontecimientos subrayan un problema sistémico más amplio. La comunidad chií de Arabia Saudita, que representa aproximadamente el 15 % de la población, ha sido marginada durante mucho tiempo y ha sufrido discriminación en ámbitos como la educación, el empleo y la práctica religiosa. El arresto de los aficionados forma parte de un patrón en el que el gobierno responde a las expresiones de identidad de grupos minoritarios con acusaciones, vigilancia y castigo.

La identidad religiosa como riesgo

La supresión de la expresión chií en el Reino se extiende más allá del deporte. Durante la última década, los tribunales han impuesto duras condenas de prisión e incluso penas de muerte contra miembros de esta minoría religiosa tras protestas que exigían igualdad de derechos. Activistas, defensores de derechos humanos y ciudadanos comunes han sido detenidos por tuits, manifestaciones pacíficas o publicaciones en redes sociales que el gobierno considera “divisivas”.

Los analistas que observan el caso más reciente señalan la contradicción entre el enorme gasto del Reino en iniciativas deportivas globales y su continua represión de libertades civiles básicas. Arabia Saudita está invirtiendo miles de millones para redefinir su imagen como un centro moderno e internacional para el turismo y el deporte. Adquisiciones de alto perfil, como inversiones en clubes de fútbol en el extranjero y la organización de grandes eventos deportivos en el país, forman parte de una estrategia calculada de transformación de imagen.

Sin embargo, este intento de integración global choca con una realidad interna contradictoria: una en la que ciudadanos y residentes corren el riesgo de recibir severos castigos por expresiones pacíficas.

“Sportswashing” y la imagen global

El concepto de sportswashing describe el uso de grandes eventos deportivos por parte de gobiernos para mejorar su reputación internacional a pesar de tener malos historiales de derechos humanos. Los críticos sostienen que el creciente imperio deportivo de Arabia Saudita —desde el fútbol profesional hasta el boxeo y la Fórmula 1— forma parte de esa estrategia. A través del entretenimiento global y los patrocinios, el gobierno proyecta una imagen de progreso, mientras que sus sistemas legales y sociales siguen siendo restrictivos.

La industria deportiva mundial, especialmente organizaciones como la FIFA, se enfrenta ahora a un dilema incómodo: ¿puede una nación con represión política continua y discriminación religiosa garantizar de manera creíble la libertad y la seguridad de jugadores, aficionados y periodistas durante una Copa del Mundo?

La afirmación histórica de la FIFA de que el fútbol es políticamente neutral vuelve a ser cuestionada. En la práctica, organizar un torneo nunca es apolítico: representa una forma de avalar la gobernanza, las medidas de seguridad y el respeto por los valores globales de un país. Cuando los derechos de organización se conceden a naciones acusadas de violar libertades civiles, sugiere que las ganancias y el espectáculo pesan más que la responsabilidad ética.

El dilema del Mundial de 2034

Con Arabia Saudita actualmente como único candidato para el Mundial de 2034, observadores internacionales piden a la FIFA que afronte las implicaciones morales y de seguridad de tal decisión. No se trata simplemente de política: también concierne a la seguridad potencial de aficionados, denunciantes, periodistas e incluso jugadores que podrían ofender inadvertidamente leyes restrictivas.

La reciente detención de seguidores de fútbol pone de relieve esos riesgos. Si un cántico pacífico en un estadio local puede provocar arrestos, ¿qué protecciones tendrán los millones de personas que se espera que visiten el Reino durante el torneo? ¿Estarán los visitantes internacionales sujetos a las mismas amplias leyes sobre expresión religiosa y libertad de expresión?

Estas preguntas tienen peso real a la luz de precedentes existentes. En años recientes, tanto ciudadanos saudíes como residentes extranjeros han sido procesados por contenido en redes sociales considerado perjudicial para la “moral pública”. El activismo, el debate sobre los derechos de las mujeres y los comentarios sobre religión o política siguen siendo posibles delitos bajo una legislación definida de forma imprecisa.

En un evento global, hipotéticamente, los aficionados podrían enfrentarse a un escrutinio similar, especialmente si cánticos, vestimenta o publicaciones en redes sociales entran en conflicto con las normas locales.

El creciente clamor internacional

Organizaciones de derechos humanos y grupos de la sociedad civil han condenado el procesamiento de los aficionados detenidos como una violación flagrante de la libertad de creencia y de expresión. Argumentan que este caso ejemplifica la fragilidad de las libertades personales en Arabia Saudita y contradice sus esfuerzos por presentarse como un país abierto y en proceso de modernización.

Desde el punto de vista legal, el uso reciente de la Ley contra los Delitos Cibernéticos ha ampliado el control del Estado sobre el comportamiento personal y digital. Al invocar conceptos vagos como “valores religiosos” u “orden público”, la ley otorga a las autoridades una amplia discrecionalidad para decidir qué constituye un delito. Esta flexibilidad ha sido criticada por normalizar arrestos arbitrarios y por suprimir las voces de minorías bajo pretextos legales.

Las implicaciones van más allá de la gobernanza interna. A medida que las organizaciones deportivas adoptan cada vez más marcos de “debida diligencia en derechos humanos”, incidentes como este aumentan la presión sobre los organismos rectores para garantizar que esos principios se apliquen realmente. La FIFA, por ejemplo, ha asumido compromisos formales de respeto a los derechos humanos como parte de su proceso de candidatura tras controversias pasadas, aunque los críticos cuestionan si esos estándares se aplican de forma efectiva o son meramente simbólicos.

¿Puede el deporte global ignorar los derechos humanos?

En esencia, este caso trata de algo más que de doce aficionados detenidos: cuestiona la idea de que el deporte internacional pueda permanecer al margen de la realidad de los derechos humanos. Cuando las naciones utilizan torneos globales para mostrar orgullo nacional, esos mismos eventos corren el riesgo de convertirse en escenarios de gestión de reputación en lugar de auténticas celebraciones deportivas.

La aspiración de Arabia Saudita de albergar el Mundial plantea una prueba decisiva: si las organizaciones futbolísticas globales están dispuestas a defender estándares éticos o si seguirán priorizando la influencia comercial y diplomática. El trato hacia aficionados, minorías y activistas dentro del país anfitrión no puede separarse del espíritu del propio juego.

Si el deporte pretende unir a las personas más allá de raza, religión y política, la seguridad y la dignidad de todos los participantes —ya sean espectadores o ciudadanos— deben ser la prioridad. Mientras el mundo observa el destino de los seguidores de Al Safa, queda claro que cualquier decisión sobre la elegibilidad de Arabia Saudita para organizar el torneo debe considerar no solo estadios y logística, sino también los derechos y libertades de las personas dentro de ellos.