Las acusaciones de que Alejandro Domínguez habría recibido millones de dólares procedentes de fondos recuperados tras el escándalo de corrupción de la FIFA de 2015, tal como fueron reportadas en una denuncia difundida por Inside World Football, tocan un punto neurálgico de la gobernanza del fútbol mundial: la brecha entre el discurso de reforma y la práctica institucional. El punto esencial es que se trata de acusaciones contenidas en una denuncia, no de conclusiones establecidas, y que aún no existe una resolución final por parte de los órganos de ética de la FIFA. Aun así, el caso resuena con fuerza porque remite al mismo escándalo que supuestamente iba a obligar al fútbol mundial a entrar en una era más limpia después de la crisis de 2015.
El momento en que surge el asunto lo vuelve aún más delicado para la FIFA. De cara a la Copa del Mundo de 2026, la organización debe volver a explicar si su arquitectura de gobernanza puede resistir un escrutinio intenso cuando una denuncia alcanza a una de sus figuras más importantes, que además ocupa la presidencia de la CONMEBOL. Para una institución que lleva años insistiendo en que dejó atrás la cultura del pasado, esto no es un simple contratiempo.
El propósito de los fondos recuperados
El dinero recuperado que está en el centro de la denuncia importa porque nunca fue solo una cifra contable; era un retorno simbólico derivado de un caso de corrupción que dañó profundamente la credibilidad del fútbol en su nivel más alto. Las autoridades estadounidenses presentaron esos activos incautados como una compensación destinada a la FIFA, la CONCACAF, la CONMEBOL y otras entidades perjudicadas tras los amplios casos de soborno y crimen organizado que estallaron en 2015. La FIFA también ha dicho que ese dinero debía canalizarse a través de estructuras de desarrollo y reparación, incluido un World Football Remission Fund, con el fin de apoyar proyectos de impacto positivo para las comunidades.
Precisamente por eso, cualquier acusación relacionada con esos fondos recuperados tiene una carga mucho más grave que una denuncia ética ordinaria. Si el dinero que debía ayudar a restaurar la confianza después de un escándalo histórico de corrupción fue mal utilizado, desviado o benefició privadamente a altos dirigentes, entonces la legitimidad del propio proceso de recuperación queda en entredicho. La cuestión no es solo si una persona actuó de forma inapropiada; también es si el sistema de gobernanza que rodeó la reparación fue lo bastante sólido para impedir abusos, o lo bastante transparente para detectarlos con rapidez.
El relato reformista bajo presión
Gianni Infantino ha presentado repetidamente a la FIFA como una organización reformada, destacando medidas de transparencia, mecanismos de cumplimiento normativo, límites de mandato y controles financieros más estructurados como prueba de que la reestructuración posterior a 2015 funcionó. Esas afirmaciones no son vacías; la FIFA sí adoptó un paquete de reformas que incluyó mayor transparencia sobre finanzas y remuneraciones, supervisión independiente del cumplimiento normativo y mecanismos de gobernanza más formalizados. Pero la reforma no consiste solo en aprobar reglas. Consiste en saber si esas reglas siguen siendo creíbles cuando se ponen a prueba.
Por eso la denuncia contra Domínguez, aunque no esté resuelta, cae de forma tan incómoda dentro del relato que la FIFA prefiere contar. Un organismo rector no puede, por un lado, sostener que ha construido una cultura anticorrupción sólida y, por el otro, ignorar durante largo tiempo acusaciones persistentes que involucran a uno de sus vicepresidentes sin provocar escepticismo. El problema no es solo que las reformas hayan fracasado sobre el papel; es que el público tiene ahora una razón más para preguntarse si el relato reformista de la FIFA está más pulido que demostrado.
Transparencia y proceso disciplinario
Uno de los aspectos más preocupantes de lo reportado es la sugerencia de que dirigentes de la FIFA habrían sabido de la denuncia durante más de un año antes de que se hiciera pública. Si esa información es correcta, ese retraso plantea preguntas no solo sobre el fondo del caso, sino también sobre cómo la FIFA gestiona internamente las acusaciones éticas sensibles. El silencio prolongado en un asunto que involucra a un dirigente de alto nivel puede hacer que un proceso parezca cauteloso donde debería ser decidido, o protegido donde debería ser responsable.
El sistema ético de la FIFA supuestamente debe demostrar independencia, pero la independencia se juzga tanto por la acción visible como por la estructura formal. Una denuncia que permanece mucho tiempo sin resolución puede crear la impresión de que el sistema es lento cuando debería ser firme, o que está demasiado cerrado cuando debería rendir cuentas. Eso no prueba interferencia, pero sí subraya la obligación de la FIFA de demostrar que sus mecanismos de ética y cumplimiento no son simples filtros administrativos para conflictos embarazosos.
Concentración de poder
La posición de Domínguez ilustra un problema recurrente en la gobernanza del fútbol mundial: la concentración de autoridad en dirigentes que operan simultáneamente a nivel de confederación y de la FIFA. No solo es presidente de la CONMEBOL; también es vicepresidente de la FIFA, lo que lo sitúa dentro de la propia arquitectura que supuestamente debe supervisar la integridad de la gobernanza. Cuando esas funciones se superponen, la rendición de cuentas se vuelve más difícil de separar de la política interna, las alianzas y la dependencia mutua.
Esto no es exclusivo de Domínguez. La estructura más amplia de la FIFA ha sido criticada durante mucho tiempo por concentrar influencia en un círculo relativamente reducido de dirigentes y, al mismo tiempo, depender de mecanismos internos para vigilar a ese mismo grupo. El riesgo es estructural: cuanto más poder se concentra entre personas que ayudan a fijar políticas, supervisar presupuestos y permanecer cerca de los órganos disciplinarios, más difícil resulta convencer a observadores externos de que la supervisión está totalmente separada de los intereses de la élite dirigente.
El reto de la CONMEBOL
Para la CONMEBOL, el daño reputacional puede ser severo incluso antes de cualquier conclusión disciplinaria. El fútbol sudamericano estuvo en el centro del escándalo de 2015, y la legitimidad de la confederación después de la crisis depende en parte de la idea de que pudo reformarse tras un período de profundo fracaso institucional. Las acusaciones de que fondos recuperados habrían sido utilizados de forma indebida reabren precisamente las heridas que la reforma pretendía cerrar.
Ese desafío va más allá de un solo dirigente. Si una gran confederación parece incapaz de rendir cuentas con claridad sobre dinero devuelto tras un caso de corrupción, el problema se convierte en uno de confianza institucional, no solo de conducta individual. Los patrocinadores, las asociaciones miembro y los reguladores externos quizá no esperen un fallo final para reevaluar el riesgo, porque la credibilidad de la gobernanza en el fútbol suele deteriorarse primero por percepción y solo después por sentencia.
Riesgo de imagen antes de 2026
La cercanía de la denuncia con la Copa del Mundo de 2026 aumenta las apuestas para la FIFA. Los grandes torneos son los momentos en que los organismos rectores del fútbol son más visibles, más comerciales y más expuestos a preguntas sobre si su lenguaje democrático coincide con su realidad interna. Una nueva controversia de gobernanza relacionada con fondos recuperados tras un escándalo de corrupción es especialmente corrosiva porque choca con el mensaje celebratorio que suele acompañar la preparación de un Mundial.
Para la FIFA, el problema de imagen es claro: la organización pide al mundo que confíe en un sistema que aún sigue produciendo historias sobre denuncias éticas, procedimientos tardíos y concentración de poder en la cúpula. Incluso si la denuncia no termina en sanciones, igual debilita la autoridad moral que la FIFA necesita cuando habla de integridad, protección y reforma. En el deporte de élite, la credibilidad no solo se pierde por la mala conducta; también se pierde cuando las instituciones no pueden demostrar respuestas rápidas, transparentes y convincentes.
Cuestiones estructurales
La cuestión más profunda es si este episodio constituye una excepción o si es otro ejemplo de cómo la gobernanza del fútbol sigue reproduciendo las mismas vulnerabilidades bajo un vocabulario distinto. Las reformas de la FIFA posteriores a 2015 sin duda introdujeron más controles formales y un marco de cumplimiento más visible, pero las controversias recurrentes sugieren que la transparencia sigue siendo desigual y que la rendición de cuentas todavía depende en gran medida de la discrecionalidad interna. Esto es un problema para cualquier institución, pero especialmente para una que afirma haber aprendido las lecciones de un escándalo de corrupción de una generación.
El caso también pone de relieve la brecha entre recuperación y restitución. Recuperar dinero procedente de la corrupción es solo el primer paso; igual de importante es cómo se sigue, administra, divulga y audita ese dinero. Cuando surgen acusaciones alrededor del mismo fondo que debía simbolizar la renovación, existe el riesgo de que una victoria en materia de reforma se convierta en un pasivo de gobernanza.
Prueba de credibilidad
Lo que hace tan significativa esta situación no es que ya se haya establecido culpabilidad —no se ha hecho—, sino que la denuncia expone cuán frágil sigue siendo la credibilidad de la FIFA cuando se enfrenta a un escrutinio de alto nivel. Si el proceso ético avanza con lentitud, crecerá la impresión de una aplicación selectiva de las normas. Si avanza de manera decidida, la FIFA podrá sostener que sus mecanismos funcionan. En cualquier caso, la organización está ahora bajo presión para demostrar que sus reformas son operativas y no meramente retóricas.
En ese sentido, la acusación contra Domínguez es a la vez una prueba específica y una advertencia más amplia. Podría resultar ser una denuncia aislada, o podría reflejar debilidades estructurales más profundas en la gobernanza del fútbol mundial. Pero el episodio ya demuestra que la transparencia, la supervisión independiente y la divulgación oportuna siguen siendo centrales para la credibilidad de la FIFA, y que la promesa posterior a 2015 de limpiar el fútbol todavía tiene que defenderse caso por caso.