La muy mediática visita del príncipe William a Arabia Saudí y su reunión con el príncipe heredero Mohammed bin Salman intensifican el debate sobre la estrategia de imagen de Riad de cara a la Copa Mundial de la FIFA 2034, especialmente en materia de derechos humanos, libertad de prensa y rendición de cuentas. El viaje, presentado como un gesto económico y diplomático, contrasta con abusos no resueltos, un férreo control de los medios y las exigencias de derechos humanos y transparencia que la FIFA impone a los países anfitriones del Mundial.
La visita pone de relieve cómo el auge cultural y deportivo impulsado por el Estado saudí, financiado por la familia real y fondos públicos, se utiliza para proyectar una imagen moderna mientras se mantienen restricciones sistémicas a la libertad de expresión, los derechos laborales y el escrutinio independiente, en fuerte contradicción con las expectativas internacionales hacia los anfitriones de mega‑eventos como la Copa Mundial 2034.
La visita del príncipe William y su contexto político
Según el periodista Alexander Smith, de NBC News, el príncipe William viajó a Arabia Saudí para reunirse con el príncipe heredero Mohammed bin Salman en un «momento crucial» para la relación entre el Reino Unido y el reino, con objetivos tanto económicos como diplomáticos y simbólicos. NBC News explica que el viaje forma parte de los esfuerzos por profundizar los lazos con un socio clave en materia de energía e inversión, incluso mientras la monarquía sigue bajo presión por la relación de Andrew Mountbatten‑Windsor con Jeffrey Epstein. El artículo recuerda que Mohammed bin Salman ha tratado, desde el asesinato en 2018 del columnista del Washington Post Jamal Khashoggi, de rehabilitar su imagen internacional, un proyecto en el que los compromisos culturales y deportivos de alto perfil desempeñan un papel central.
La cobertura de la visita por la agencia de prensa saudí, citada en informaciones complementarias, destacó imágenes del príncipe William recorriendo lugares patrimoniales y culturales, en línea con el esfuerzo de Riad por mostrar un relato de reformas, puesta en valor del patrimonio e implicación de la juventud. Esta puesta en escena visual encaja con la estrategia más amplia de Visión 2030, en la que la cultura, el entretenimiento y el deporte se presentan como pilares de la diversificación económica y del poder blando. En ese contexto, la presencia de un futuro rey británico en espacios culturales y deportivos saudíes lanza una potente señal de respaldo que será interpretada por la opinión pública internacional con la vista puesta en el Mundial de 2034.
La sombra de Epstein y las preguntas sin respuesta
NBC News subraya que el viaje de William se vio ensombrecido por las últimas revelaciones sobre los vínculos de Andrew Mountbatten‑Windsor con Jeffrey Epstein, incluidas evaluaciones policiales según las cuales podría haber compartido informes sensibles cuando ejercía como enviado comercial del Reino Unido. Antes de la visita, el Palacio de Kensington emitió un inusual comunicado, citado por NBC News y el London Evening Standard, en el que aseguraba que el príncipe y la princesa de Gales estaban
«profundamente preocupados por las continuas revelaciones»
y que sus
«pensamientos siguen centrados en las víctimas».
Sin embargo, NBC News describe cómo, durante un acto relacionado con el fútbol en Riad, un periodista preguntó en dos ocasiones al príncipe William, desde la banda de un campo, por la gestión que la familia real ha hecho del escándalo Andrew‑Epstein, sin obtener respuesta y sin que quedara claro si el príncipe llegó a oír las preguntas. El Evening Standard señala igualmente que William ignoró las preguntas de los medios audiovisuales tras presenciar un partido de fútbol de jóvenes saudíes, lo que muestra que el asunto le acompañó hasta el terreno de juego. Para quienes se preocupan por la gobernanza global del deporte, esta escena de preguntas sin respuesta en un campo de fútbol saudí simboliza una pauta más amplia, en la que asuntos delicados –desde los abusos sexuales hasta la represión estatal– apenas encuentran espacio en relatos públicos estrictamente gestionados en torno al deporte y la diplomacia.
Khashoggi, represión y política de derechos humanos de la FIFA
NBC News recuerda que Mohammed bin Salman se convirtió en una «figura de descrédito internacional» tras el «horrible» asesinato de Jamal Khashoggi en el consulado saudí de Estambul en 2018; las agencias de inteligencia estadounidenses concluyeron que aprobó la operación, algo que él niega, aunque posteriormente dijo asumir la «responsabilidad total» como dirigente. Los análisis de Human Rights Watch sobre las decisiones de la FIFA en materia de países anfitriones señalan que el asesinato de Khashoggi, junto con la represión sistemática de críticos, activistas por los derechos de las mujeres y periodistas, evidencia la magnitud del déficit saudí en libertad de prensa y derechos humanos.
En su documento sobre las obligaciones estatutarias de la FIFA en derechos humanos, Human Rights Watch recuerda que el organismo se ha comprometido con un proceso de diligencia debida permanente, que incluye el diálogo con autoridades y partes interesadas para identificar y abordar los impactos negativos sobre los derechos humanos vinculados a sus torneos. En una crítica aparte, Human Rights Watch sostiene que la FIFA ya ha
«incumplido sus propias normas de derechos humanos»
en la forma en que ha gestionado la asignación de futuros Mundiales, eliminando de facto los procesos abiertos de candidatura y las evaluaciones basadas en derechos para las Copas del Mundo masculinas de 2030 y 2034. En este contexto, visitas de alto nivel como la del príncipe William no se producen en el vacío: interactúan con la obligación de la FIFA de exigir garantías efectivas para periodistas, disidentes y trabajadores en los países anfitriones.
Arabia Saudí, confirmada como sede del Mundial 2034
Tal y como informó Paul MacInnes en The Guardian en diciembre de 2024, Arabia Saudí fue confirmada como sede de la Copa Mundial masculina de 2034 tras imponerse como única candidata y recibir la aprobación formal en un congreso de la FIFA. El artículo del Guardian recoge la profunda preocupación de organizaciones de derechos humanos por las detenciones arbitrarias, los malos tratos y las muertes de trabajadores migrantes, la represión de los derechos de las mujeres y la criminalización o persecución social de las personas LGBTQ+, factores que consideran incompatibles con un torneo respetuoso con los derechos.
El Guardian cita a Steve Cockburn, responsable de derechos laborales y deporte en Amnistía Internacional, que advierte de que la decisión de la FIFA
«sin garantizar una protección suficiente de los derechos humanos pondrá muchas vidas en peligro»
y afirma que existen pruebas claras de que los trabajadores
«serán explotados e incluso podrían morir»
sin reformas sustanciales en Arabia Saudí. El reportaje menciona también las demandas de activistas vinculados al caso Khashoggi, que reclaman que la FIFA presione a las autoridades saudíes para liberar a presos políticos, poner fin a la tortura, proteger los derechos de las mujeres, garantizar la libertad de expresión y reunión, y salvaguardar los derechos laborales como condiciones mínimas. En este contexto, el imaginario de visitas reales, escaparates culturales y clínicas de fútbol corre el riesgo de reforzar un relato de normalización que no afronta los problemas estructurales de fondo.
Derechos laborales, trabajadores migrantes y riesgos de los mega‑eventos
Human Rights Watch y Amnistía Internacional destacan que Arabia Saudí acoge a unos 13,4 millones de trabajadores migrantes, muchos de los cuales carecen de una protección laboral adecuada, padecen condiciones de calor extremo, restricciones a la organización colectiva y ausencia de sindicatos independientes. Human Rights Watch alerta de que, sin mecanismos de supervisión independientes y sin verdadera libertad de prensa, hay «todas las razones para temer por la vida» de quienes construirán y explotarán estadios, transportes, hoteles y demás infraestructuras del Mundial 2034.
Estas preocupaciones recuerdan las advertencias previas al Mundial 2022 en Catar, donde se estima que miles de trabajadores migrantes murieron o sufrieron abusos en un contexto de supervisión insuficiente. Las organizaciones señalan que la FIFA no ha aprendido plenamente de aquella experiencia, y subrayan que unas normas laborales mal aplicadas pueden derivar directamente en muertes evitables, robo de salarios y explotación prolongada. Cuando, en ese contexto, una figura de alto rango como el príncipe William acude a actos que destacan el fútbol femenino en Riad sin referirse públicamente a estos temas, los críticos temen que la potente carga visual de esos eventos se utilice para suavizar la percepción de un sistema que sigue poniendo en riesgo a trabajadores y comunidades vulnerables.
Libertad de prensa, sociedad civil y relatos controlados
Los informes de Human Rights Watch sobre Arabia Saudí subrayan que defensores de derechos humanos, periodistas independientes y críticos pacíficos se enfrentan a penas de cárcel, arresto domiciliario y severas restricciones a su trabajo, lo que en la práctica supone una casi total ausencia de libertad de prensa. Para un país anfitrión de la Copa Mundial, este entorno choca con la expectativa de que periodistas nacionales y extranjeros puedan informar libremente sobre todos los aspectos del torneo, incluidas las protestas, la actuación policial, las condiciones laborales y los impactos sociales.
Amnistía Internacional y sus organizaciones aliadas insisten en que los países anfitriones deben garantizar acceso sin trabas para medios y sociedad civil, así como protección frente a represalias, pero hasta ahora hay escasas evidencias de que Arabia Saudí esté dispuesta a ampliar el espacio para las voces críticas. En este contexto, la descripción de NBC News sobre el silencio del príncipe William cuando se le preguntó por el escándalo Andrew‑Epstein en un campo de fútbol saudí adquiere especial relevancia, porque muestra cómo las cuestiones políticamente sensibles pueden ser esquivadas o quedar sin respuesta en entornos cuidadosamente coreografiados. Para los actores internacionales, esto plantea dudas sobre si periodistas, activistas o aficionados podrán expresar sus preocupaciones en 2034 sin temor a la censura o a represalias.
Sospechas de sportswashing y gestión de imagen
En su reacción a la decisión sobre el Mundial 2034, Amnistía Internacional –recogida por The Guardian– enmarca la elección de la FIFA dentro de un patrón más amplio por el cual Estados con historiales problemáticos en derechos humanos utilizan mega‑eventos para «lavar» su imagen, invirtiendo enormes sumas en estadios, espectáculos y marca global mientras dejan intactos los abusos estructurales. Human Rights Watch sostiene igualmente que el enfoque de la FIFA hacia las últimas sedes elegidas revela una disposición a anteponer intereses comerciales y políticos a sus propios compromisos en derechos humanos, lo que en la práctica permite a los gobiernos aprovechar el deporte para mejorar su reputación.
Desde esa perspectiva, el viaje del príncipe William puede interpretarse como otro ladrillo en el edificio de la gestión de imagen saudí, especialmente porque pone el foco en sitios patrimoniales, desarrollo del fútbol y acercamiento entre casas reales, en lugar de hacerlo en las cuestiones pendientes relacionadas con el asesinato de Khashoggi, la represión continuada o la vulnerabilidad de los trabajadores migrantes. Los críticos sostienen que este tipo de gestos corre el riesgo de normalizar un relato de reformas graduales que no se apoya en mejoras verificables sobre el terreno, y que la presencia de miembros de la realeza y celebridades occidentales en espacios culturales y deportivos saudíes refuerza el relato oficial del Estado mientras margina las voces disidentes.
Implicaciones para la FIFA, la afición y la sociedad civil
Los análisis detallados de Human Rights Watch sobre el proceso de selección de sedes advierten de que, al apartar las candidaturas abiertas y la diligencia debida rigurosa, la FIFA ha minado la credibilidad de su propio marco de derechos humanos. La declaración conjunta de Amnistía Internacional insta a aficionados, sindicatos y organizaciones de la sociedad civil a mantener la presión sobre la FIFA y las autoridades saudíes, exigiendo reformas concretas, protecciones ejecutables para los trabajadores y garantías de libertad de expresión mucho antes de 2034.
Para las partes interesadas internacionales, la visita del príncipe William confirma hasta qué punto los proyectos culturales y deportivos impulsados por el Estado saudí están entrelazados con los esfuerzos por atraer inversión, legitimidad y grandes eventos. El potente espectáculo de un futuro monarca británico celebrando el fútbol en Riad, contrastado con las persistentes preocupaciones sobre el asesinato de Khashoggi, la explotación de trabajadores migrantes y la criminalización de la disidencia, resume el dilema central del deporte global: si la simbología y las alianzas pueden convivir con una rendición de cuentas real.
Ajuste a las normas mundiales de gobernanza deportiva
Si se evalúan a la luz de la política de derechos humanos de la FIFA y de las expectativas globales en materia de transparencia, estándares laborales y libertad de prensa, los hechos descritos por NBC News, The Guardian, Human Rights Watch y Amnistía Internacional señalan varias áreas de tensión y riesgo:
- Las restricciones persistentes a periodistas, activistas y observadores independientes en Arabia Saudí chocan con la necesidad de un escrutinio abierto durante una Copa Mundial.
- La magnitud del trabajo migrante y la falta de protecciones sólidas generan graves peligros para quienes construirán y operarán las infraestructuras del torneo.
- La ausencia de rendición de cuentas efectiva por el asesinato de Khashoggi mina la confianza en la voluntad del Estado de investigar posibles abusos vinculados a futuros mega‑eventos.
- La adjudicación acelerada y sin competencia del Mundial 2034 plantea dudas de transparencia y sugiere que la diligencia debida en derechos humanos ha sido limitada.
Para aficionados, organizaciones de la sociedad civil y defensores de derechos humanos, la combinación de visitas reales, escaparates culturales y grandes compromisos deportivos deja clara la estrategia saudí: emplear dinero público para moldear el relato mientras se mantiene un férreo control sobre qué voces pueden ser escuchadas. Que la gobernanza deportiva internacional logre imponer reformas significativas –o que la Copa Mundial 2034 se convierta en otro caso de estudio sobre sportswashing– dependerá de la firmeza con la que la FIFA y sus partes interesadas hagan cumplir las normas que ya han adoptado oficialmente.