La ampliación de la Copa del Mundo por parte de la FIFA se ha convertido en un punto de fricción porque se sitúa en la intersección entre el crecimiento comercial del fútbol y el escrutinio climático cada vez más estricto al que está sometido este deporte. Elevar el torneo de 32 a 48 selecciones puede parecer, sobre el papel, una celebración más amplia e inclusiva del juego mundial, pero también añade partidos, desplazamientos, logística y consumo de energía en un momento en que el coste ambiental del deporte de élite se observa con una atención cada vez mayor.
La polémica no trata solo de si el fútbol debe crecer. También se trata de si la FIFA puede seguir presentando la expansión como una misión de desarrollo mientras las consecuencias prácticas apuntan a una huella de carbono mayor, a unas necesidades de viaje más intensas y a una estructura de torneo que cada vez parece más difícil de conciliar con su discurso sobre sostenibilidad. Esa contradicción ha convertido a la Copa del Mundo en una prueba más amplia de credibilidad institucional.
Por qué Gianni Infantino enfrenta crecientes críticas a la FIFA
Gianni Infantino se ha convertido en el rostro público de este debate porque el liderazgo importa cuando un organismo rector hace afirmaciones de sostenibilidad. Los críticos sostienen que la FIFA no puede separar el papel del presidente de las decisiones de la organización, especialmente cuando la misma institución que promueve la conciencia climática también supervisa un torneo más grande y más intensivo en viajes.
Las críticas dirigidas a Infantino, por tanto, se refieren menos a la conducta de un solo individuo que a la responsabilidad en la cúpula. Cuando el debate público se centra en los viajes de los directivos, en calendarios de alta intensidad de carbono y en la imagen de responsables de la FIFA moviéndose por un torneo enorme con poca contención visible, el problema se vuelve simbólico además de práctico. Da la impresión de que la sostenibilidad se exige a otros sin integrarse plenamente en la cultura de toma de decisiones de la FIFA.
El coste ambiental de una Copa del Mundo más grande
El argumento ambiental contra la expansión comienza por la geografía. Más selecciones significa más partidos, y más partidos en más lugares significa más desplazamientos de larga distancia para jugadores, personal, televisiones, aficionados y socios comerciales. Los vuelos internacionales son la fuente de emisiones más evidente, pero solo representan una parte del panorama.
Una Copa del Mundo más amplia también incrementa la huella de las operaciones de los estadios, el alojamiento, la seguridad, la producción mediática, las instalaciones de entrenamiento, el transporte terrestre y la logística del evento. El efecto acumulativo importa, porque un torneo de esta magnitud no solo añade otra capa de actividad; multiplica los procesos intensivos en carbono necesarios para celebrarlo. En una era de conciencia climática, esa multiplicación es precisamente lo que hace que el formato ampliado sea tan vulnerable a las críticas.
Las afirmaciones de sostenibilidad de la FIFA bajo escrutinio mundial
La FIFA se ha defendido de forma constante señalando medidas de sostenibilidad, planificación ambiental y estrategias de mitigación destinadas a reducir el impacto de sus torneos. Esas garantías importan, pero ya no bastan para cerrar el debate. El problema es que el lenguaje público de la FIFA sobre gestión responsable de eventos choca a menudo con la escala visible de sus decisiones.
Esa tensión ha hecho que las afirmaciones de sostenibilidad de la organización sean más difíciles de aceptar al pie de la letra. Los críticos no sostienen que la FIFA no haya hecho nada; más bien cuestionan si la mitigación puede compensar realmente las emisiones estructurales generadas por un torneo más grande y más disperso. En ese sentido, el debate no gira en torno a si la FIFA reconoce o no las preocupaciones climáticas, sino a si sus acciones coinciden con la gravedad del problema que dice comprender.
Mundial 2026 y el creciente debate sobre la huella de carbono
La Copa del Mundo de 2026 es central en esta discusión porque encarna las consecuencias de la expansión. Organizar el torneo en Estados Unidos, Canadá y México crea una huella geográfica sin precedentes para la fase final, y eso plantea preguntas evidentes sobre el volumen de los desplazamientos y el coste ambiental.
Para los críticos, el problema no se limita al tamaño del torneo, sino a su filosofía de diseño. Una Copa del Mundo repartida entre varios países y muchas ciudades sede puede resultar comercialmente atractiva y políticamente inclusiva, pero también aumenta la carga de carbono de un modo que es difícil de revertir una vez que las decisiones de planificación ya se han tomado. Cuanto más extiende la FIFA el evento por fronteras y distancias, más invita al escrutinio sobre si la escala se ha convertido en una desventaja.
¿Prioriza la FIFA el beneficio sobre la responsabilidad climática?
Una de las críticas más persistentes es que la expansión parece menos una reforma puramente deportiva y más una estrategia comercial. Más partidos generan más inventario para las emisoras, más valor para los patrocinadores, más venta de entradas y más oportunidades para profundizar el alcance global de la FIFA. Eso no hace que la expansión sea automáticamente ilegítima, pero sí significa que la organización debe explicar por qué la crecimiento se persigue de esta forma y a esta escala.
Aquí es donde el debate climático se vuelve inseparable de la economía del fútbol. Si los principales beneficiarios de la expansión son las televisiones, los patrocinadores y los ingresos de la FIFA, entonces la crítica ambiental se vuelve más aguda porque los costes son públicos mientras que los beneficios son profundamente comerciales. Los defensores de la FIFA dirán que esos ingresos financian el desarrollo y una participación más amplia, pero ese argumento solo es convincente si el organismo puede demostrar que el crecimiento se está gestionando sin tratar la cuestión climática como un asunto secundario.
Cómo el mayor torneo del fútbol se convirtió en un debate climático
La Copa del Mundo se juzgaba antes sobre todo por criterios futbolísticos: equilibrio competitivo, calidad del anfitrión, ambiente y alcance global. Hoy también se evalúa por las emisiones, los patrones de viaje y las credenciales de sostenibilidad. Ese cambio refleja una transformación más amplia en la forma de entender los grandes acontecimientos deportivos. Ya no son solo espectáculos de entretenimiento; también son eventos ambientales y políticos con consecuencias medibles.
Por eso la Copa del Mundo se ha convertido en un símbolo tan poderoso dentro del debate climático. Es el torneo de fútbol más visible del mundo, lo que significa que las decisiones de la FIFA tienen un peso reputacional desproporcionado. Cuando el organismo amplía la competición sin convencer al público de que el coste ambiental está justificado, contribuye a convertir el propio torneo en un referéndum sobre la relación del deporte moderno con la responsabilidad climática.
La gran pregunta a largo plazo es si la FIFA puede seguir ampliando la Copa del Mundo sin socavar su propio discurso de sostenibilidad. Los megaeventos están bajo una presión creciente porque el viejo modelo de crecimiento ilimitado choca ahora con las realidades del cambio climático. Lo que antes parecía progreso, hoy suele parecer un compromiso ambiental.
Eso no significa que la Copa del Mundo no pueda evolucionar. Significa que, con el tiempo, la FIFA podría necesitar un modelo distinto, con más énfasis en una sede más compacta, menos desplazamientos y una contabilidad de carbono más transparente. Si el fútbol quiere seguir siendo global sin volverse ecológicamente indefendible, sus dirigentes tendrán que aceptar que la sostenibilidad no puede seguir siendo un mensaje accesorio. Tiene que dar forma a la estructura misma del evento.
El desafío para la FIFA, por tanto, es más amplio que un solo ciclo de torneo. Se trata de saber si la organización puede demostrar que la mayor escena del fútbol puede seguir creciendo sin ignorar las consecuencias ambientales de ese crecimiento. Si no puede, entonces las críticas en torno a la expansión no harán más que intensificarse, y la distancia entre la ambición de la FIFA y su responsabilidad seguirá siendo una de las cuestiones definitorias del fútbol moderno.