El informe según el cual Gianni Infantino, presidente de la FIFA, planea utilizar un jet privado para asistir a varios partidos por día durante la Copa Mundial de 2026 no es solo una anécdota sobre sus hábitos de viaje. Es una ilustración contundente de una contradicción más profunda en el corazón de la FIFA moderna: una institución que habla sin cesar de sostenibilidad, responsabilidad y progreso social, mientras organiza un torneo basado en la expansión comercial, la influencia política y la gestión de la imagen.
La geografía de la Copa Mundial de 2026 hace que este tipo de desplazamiento sea plausible, e incluso operativamente necesario, ya que el torneo se celebrará en tres países —Estados Unidos, Canadá y México— con 104 partidos repartidos en 16 ciudades sede. Pero el símbolo sigue siendo políticamente dañino para la FIFA. Ver a un dirigente del fútbol mundial viajar en jet privado durante un torneo que la organización quiere presentar como climáticamente responsable y socialmente progresista convierte un mensaje de política pública en un ejercicio de cinismo mediático.
La sostenibilidad frente a la realidad
La FIFA afirma haber asumido un compromiso con la neutralidad de carbono para 2040 y presenta la Copa Mundial de 2026 a través de una estrategia de sostenibilidad y derechos humanos articulada en torno a objetivos ambientales, sociales, económicos y de gobernanza. Sin embargo, la crítica ambiental al torneo ampliado se vuelve cada vez más contundente: estimaciones citadas por Reuters indican que las emisiones deberían aumentar de forma significativa debido a la huella geográfica ampliada y a las necesidades de viaje a escala continental, mientras que la BBC ha recogido afirmaciones según las cuales esta edición podría convertirse en la Copa Mundial más perjudicial para el clima en la historia.
La contradicción no reside solo en que un jet privado consuma combustible. Reside en que el relato de sostenibilidad de la FIFA depende de la confianza pública en la moderación, la planificación y la responsabilidad compartida, incluso cuando el propio torneo está diseñado para generar más partidos, más desplazamientos y más espectáculo. En ese sentido, la controversia del jet privado no crea el problema de credibilidad: lo revela.
La lógica de la expansión
El paso de 64 partidos en Qatar 2022 a 104 en 2026 no es un simple ajuste de calendario, sino una decisión institucional para ampliar el imperio comercial y político de la FIFA. Más partidos significan más contenido para las retransmisiones, más exposición para los patrocinadores, más demanda de hospitalidad y más oportunidades para proyectar poder en múltiples mercados al mismo tiempo.
Esa expansión también multiplica la complejidad logística. Los equipos, los funcionarios, los medios y los aficionados tendrán que viajar por todo un continente, y quienes defienden el torneo argumentan precisamente que una escala así exige soluciones de transporte sofisticadas. Pero el punto de fondo es otro: la FIFA ha elegido un modelo que exige cada vez más desplazamientos y luego pide al público que acepte un discurso de sostenibilidad cuidadosamente empaquetado como compensación moral suficiente.
Así es como un evento deportivo se convierte en un megaproyecto: el fútbol sigue en el campo, pero el verdadero negocio pasa por la expansión del mercado, la imagen global y el poder institucional. En esa lectura, el jet privado no es una anomalía; es el símbolo de un sistema diseñado para la ambición y protegido de la vergüenza.
El problema de credibilidad
Las organizaciones pierden credibilidad cuando el comportamiento de sus líderes contradice su mensaje público. Las páginas oficiales de la FIFA subrayan el compromiso y el progreso, pero los críticos pueden plantear una pregunta sencilla: si la dirección de la organización necesita aviación privada para desplazarse en su propio torneo, ¿qué tan convincentes son realmente sus declaraciones climáticas?
Esa pregunta resonará entre activistas medioambientales, periodistas y especialistas en gobernanza, porque las instituciones no se juzgan por sus lemas, sino por los incentivos que crean y toleran. Cuando la figura más visible del fútbol mundial parece operar con un conjunto distinto de reglas, el mensaje para los aficionados es claro: la sostenibilidad es solo una estrategia de marca mientras no se convierta en conducta.
El problema no es solo reputacional. Es estructural. Un sistema de gobernanza que recompensa la expansión, la visibilidad global y el cierre de acuerdos tenderá de forma natural hacia el cumplimiento simbólico y la excepción práctica. El jet privado es una excepción visible, pero el problema real es una organización cada vez más cómoda gestionando la crítica en lugar de corregir sus causas.
Arabia Saudita y el mismo patrón
Las críticas en torno a la adjudicación de la Copa Mundial 2034 a Arabia Saudita pertenecen al mismo relato. Defensores de los derechos humanos y algunos juristas sostienen que la FIFA no ha aplicado de manera suficiente sus propios estándares, citando preocupaciones sobre libertad de expresión, detención arbitraria, derechos laborales, derechos de las mujeres e independencia judicial. The Guardian informó que abogados acusaron a la FIFA de violar sus propias normas sobre derechos humanos, mientras que NBC News recogió advertencias de una coalición de grupos de defensa sobre los riesgos de explotación y abuso para los trabajadores.
Quienes apoyan un Mundial en Arabia Saudita sostienen que un gran evento deportivo puede acelerar la modernización, atraer inversión y generar presión favorable a reformas. Ese argumento no es trivial, y es precisamente el que la FIFA y sus defensores utilizan cuando se enfrentan a acusaciones de sportswashing. Pero la carga de la prueba es alta: cuando un organismo rector entrega repetidamente sus activos más prestigiosos a Estados con serias preocupaciones de gobernanza, la idea de que el fútbol simplemente impulsa el progreso se vuelve cada vez más difícil de separar de la realidad de que también concede legitimidad.
El debate del sportswashing
El sportswashing suele describirse de forma demasiado simplista, como si cada decisión de sede fuera una operación cínica de lavado reputacional. La realidad es más compleja: los Estados y las instituciones sí utilizan el deporte para ganar prestigio, normalizar relaciones y reconfigurar narrativas, pero también señalan beneficios tangibles como infraestructuras, turismo, reformas y visibilidad internacional.
La FIFA está en el centro de esa tensión. Se presenta como guardiana del juego y promotora de la responsabilidad social, pero sus decisiones más importantes la alinean cada vez más con las mismas formas de poder que dice supervisar. Eso es lo que hace que la historia del jet privado sea políticamente potente: no habla de un solo vuelo, sino de una institución cuyo lenguaje ético parece viajar por una ruta distinta a su práctica.
Una prueba decisiva
La Copa Mundial 2026 será casi con certeza un espectáculo logístico y un éxito comercial. También podría profundizar la sensación de que la FIFA se ha vuelto demasiado grande, demasiado dependiente de la expansión y demasiado hábil en su autoimagen moral como para enfrentar las contradicciones de su propio modelo. El jet privado de Infantino puede ser operativamente comprensible en un torneo de esa magnitud, pero comprender no equivale a absolver.
La verdadera pregunta es si la FIFA todavía puede presentarse de forma creíble como una fuerza a favor de la sostenibilidad, los derechos humanos y la responsabilidad social cuando sus decisiones más visibles parecen contradecir esos ideales. La controversia no trata de un plan de vuelo. Trata del rumbo futuro de la institución más poderosa del fútbol mundial y de si el organismo rector del juego todavía cree que sus valores deben importar tanto como sus ambiciones.