Gianni Infantino y la FIFA entran en la recta final hacia la Copa del Mundo bajo un clima de escepticismo poco habitual en Estados Unidos, donde las preocupaciones sobre el acceso, los costos y la gobernanza han cruzado líneas partidistas. El reportaje de AP muestra que las reservas hacia la FIFA ya no se limitan a los críticos tradicionales de la burocracia del fútbol mundial; ahora alcanzan a legisladores, autoridades locales y otros actores que se preparan para un torneo que marcará no solo al fútbol, sino también a la política, el comercio y la administración pública en toda América del Norte.
Eso importa porque la FIFA no solo organiza partidos. Coordina un evento global cuya escala ejerce presión sobre la infraestructura pública, los sistemas de precios, la planificación de seguridad y la credibilidad misma de la gobernanza deportiva. Cuando un torneo de esa magnitud recibe escepticismo bipartidista incluso antes del partido inaugural, la cuestión va más allá de las relaciones públicas. Se convierte en una prueba de si la FIFA aún puede convencer a las audiencias y a las instituciones de que sus decisiones sirven al juego tanto como a los intereses propios de la organización.
El liderazgo de Infantino bajo un renovado examen
Infantino ha presentado durante mucho tiempo la imagen de un negociador capaz de ampliar el alcance del fútbol y asegurar el respaldo de líderes políticos en los países anfitriones. El reporte de AP indica que ese enfoque le ha dado acceso al más alto nivel del gobierno, pero no una confianza amplia fuera de ese círculo. En Estados Unidos, esa diferencia importa. Una relación estrecha con un presidente o una administración puede ayudar a la FIFA a moverse entre la logística y el simbolismo, pero no se traduce automáticamente en confianza por parte de legisladores, líderes cívicos o aficionados que asumen los costos prácticos de organizar el evento.
El escepticismo que ahora rodea a Infantino también refleja un patrón más profundo en el modelo de liderazgo de la FIFA. La presidencia se ha vuelto muy personalizada, mientras que las estructuras de rendición de cuentas de la organización siguen siendo difíciles de leer o de influir desde fuera. Los defensores de este modelo sostienen que un liderazgo central fuerte es necesario para gestionar un torneo mundial; los críticos ven en cambio un sistema que concentra autoridad mientras diluye la responsabilidad. Esa brecha importa porque cuanto más se alinea la FIFA con el poder político, más parece que sus decisiones están guiadas por relaciones más que por normas institucionales transparentes.
Las preguntas sobre gobernanza y transparencia dentro de la FIFA
La gobernanza de la FIFA ha sido durante mucho tiempo una fuente de preocupación, porque la organización funciona con una autonomía considerable mientras controla un producto de enorme valor público y comercial. Las críticas reportadas públicamente se han centrado de forma reiterada en si la toma de decisiones es lo suficientemente abierta, si la supervisión es real y si las reformas han cambiado la estructura de poder o solo su presentación. Incluso cuando la FIFA adopta nuevas políticas, como protocolos de derechos humanos para los comités anfitriones, la pregunta central sigue siendo cómo se supervisan y aplican esos compromisos en la práctica.
Esa inquietud es especialmente relevante antes de un torneo distribuido entre varios países y decenas de ciudades sede. Cuanto más grande es el evento, más depende la FIFA de los gobiernos locales, las agencias de seguridad, los operadores de estadios y los socios comerciales, pero menos visible resulta para el público su propia cadena interna de decisiones. Ahí es donde las preocupaciones por la transparencia adquieren fuerza: si aficionados, periodistas, legisladores y grupos cívicos no pueden rastrear con claridad cómo se tomaron las decisiones sobre boletos, seguridad, obligaciones de las sedes o prioridades comerciales, la confianza se erosiona incluso en ausencia de un solo escándalo. El problema no es solo la mala conducta; es la opacidad que permite que la sospecha persista.
La comercialización de la Copa del Mundo y la creciente influencia corporativa
La Copa del Mundo siempre ha tenido importancia comercial, pero el torneo moderno se parece cada vez más a una propiedad global de entretenimiento tanto como a una competencia deportiva. La ampliación del evento por parte de la FIFA, con 48 equipos y 104 partidos en 2026, aumenta el inventario para radiodifusores, patrocinadores, compradores de hospitalidad y programas de boletos premium, a la vez que vuelve el torneo más costoso y más complejo desde el punto de vista operativo. Desde una perspectiva empresarial, esa expansión maximiza el alcance y los ingresos. Desde una perspectiva de gobernanza, también intensifica la percepción de que el evento está optimizado para la monetización y no para la accesibilidad.
El crecimiento comercial no es problemático por sí mismo, y la FIFA depende de él para financiar el desarrollo del fútbol en todo el mundo. La preocupación es hasta qué punto la lógica comercial está moldeando ahora el diseño del torneo y su presentación pública. Cuando más partidos, más paquetes premium y más acceso corporativo dominan la conversación, la Copa del Mundo puede parecer menos un evento cívico compartido y más un activo de alto valor vendido a través de capas de exclusividad. Ese cambio importa porque la legitimidad de la FIFA siempre se ha apoyado en la idea de que la Copa del Mundo pertenece al público global, no solo a patrocinadores, comités anfitriones y clientes con alto poder adquisitivo.
El precio de las entradas y las preocupaciones por el acceso de los aficionados
La fijación de precios de las entradas ha surgido como una de las críticas más claras y políticamente potentes al enfoque de la FIFA. El reporte de AP señala que las preocupaciones sobre el costo han generado desaprobación bipartidista, lo que sugiere que la frustración no es solo ideológica sino práctica: los legisladores están escuchando a electores que temen quedar excluidos por precio de un evento en sus propias ciudades. Eso es significativo porque el atractivo público de la Copa del Mundo depende de la sensación de que los aficionados comunes todavía pueden participar, incluso cuando el evento está altamente comercializado.
La accesibilidad va más allá del valor nominal de los boletos. Incluye el costo de los desplazamientos, la seguridad, el alojamiento y la inflación más amplia que acompaña a un megaevento. El alcance norteamericano de la Copa del Mundo significa que muchos seguidores enfrentarán gastos considerables incluso antes de llegar al estadio. Si el modelo de precios de la FIFA prioriza de forma demasiado agresiva la captación de ingresos, el torneo corre el riesgo de reproducir un problema familiar del deporte de élite: el evento se celebra a la vista de todos, pero el público cada vez más solo puede verlo desde lejos. Esa tensión está en el centro de por qué funcionarios y aficionados cuestionan si la estrategia financiera de la FIFA sirve al papel social del fútbol o principalmente a su balance general.
La crítica bipartidista y los desafíos políticos de la FIFA
La cobertura de AP deja claro que el escepticismo hacia la FIFA en Estados Unidos es inusual no porque existan críticas, sino porque estas son tan amplias. En un entorno político polarizado, es notable que legisladores de distintos partidos converjan en preocupaciones similares. Eso sugiere que los problemas de la FIFA no se interpretan como ataques partidistas, sino como problemas estructurales vinculados con los precios, la influencia y el comportamiento institucional. Para Infantino, ese es un desafío más difícil que una oposición de un solo sector político.
Ese malestar bipartidista también complica la estrategia política de la FIFA. La organización ha buscado insertarse en las estructuras de poder de los países anfitriones, muchas veces cultivando relaciones al más alto nivel del gobierno. Ese enfoque puede facilitar las negociaciones a corto plazo, pero también puede profundizar la sospecha entre quienes quedan fuera del círculo cercano o consideran excesivo el acceso concedido a la FIFA. En ese sentido, el éxito político en la cima puede crear vulnerabilidad en la base, donde las autoridades locales y regionales deben gestionar las consecuencias de decisiones tomadas en otro lugar.
Lo que el creciente escepticismo significa para el futuro global del fútbol
El escrutinio que enfrenta la FIFA antes de la Copa del Mundo no significa necesariamente que el torneo fracasará, pero sí sugiere un margen cada vez menor para errores institucionales. La combinación de escepticismo político, preocupaciones sobre los boletos y dudas sobre la gobernanza es importante porque refleja un cambio en la forma en que se juzgan los megaeventos. El éxito ya no se mide solo por los estadios llenos y las audiencias televisivas aseguradas. También se mide por si el organismo organizador puede demostrar equidad, transparencia y respeto por el público del que depende.
Para la FIFA, la implicación más amplia es clara: la escala no puede sustituir a la confianza. La organización sigue siendo central en el fútbol mundial, y la Copa del Mundo sigue siendo su activo más poderoso. Sin embargo, el reportaje de AP muestra que el entorno político y público alrededor del evento es más exigente que antes, y menos dispuesto a aceptar las garantías habituales. Si la FIFA quiere que el torneo sea recordado por el fútbol y no por las fricciones que lo rodean, tendrá que demostrar que sus ambiciones comerciales y sus alianzas políticas son compatibles con un evento mundial creíble, accesible y responsable.