El intento del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, de hacer una “broma” sobre los aficionados británicos se ha convertido en una crisis de legitimidad para el organismo que dirige el fútbol mundial. Lo que se presentó como un comentario humorístico sobre el hecho de que
“ningún británico fue detenido”
durante el Mundial de 2022 ha reforzado la percepción de que Infantino encarna una FIFA arrogante, desconectada y profundamente despreciativa hacia sus propios hinchas.
Grupos de aficionados, responsables policiales y analistas han calificado estas palabras como una “broma barata” basada en estereotipos caducos sobre el hooliganismo, justo cuando los seguidores reclaman respeto, transparencia y un acceso asequible al fútbol.
Infantino ha presentado después disculpas públicas, insistiendo en que sus palabras eran “ligeras” y que nunca tuvo intención de ofender a los aficionados británicos. Sin embargo, la reacción a esas disculpas ha sido fría cuando no abiertamente furiosa. Para muchos, el problema ya no es solo lo que dijo en Davos, sino lo que su actitud revela sobre la cultura interna de la FIFA y la forma en que se ejerce el poder en la cúpula del fútbol mundial.
Una “broma” basada en el viejo cliché del hooligan británico
El comentario de Infantino —según el cual era “realmente especial” que ningún británico hubiera sido detenido durante el Mundial de Qatar— se pronunció ante una audiencia de élite en el Foro Económico Mundial de Davos, mientras hablaba del Mundial de 2026 en Norteamérica. La sala se rió, pero en Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte el tono fue muy distinto.
Aficionados y responsables de seguridad interpretaron la frase como un nuevo ataque contra una afición que lleva décadas intentando dejar atrás la era de los hooligans. Desde las unidades de policía especializadas en fútbol se recordó que, en los últimos grandes torneos, los seguidores británicos se han comportado mayoritariamente de forma responsable y que el número de detenciones ha sido bajo en varias ediciones.
La cultura de las gradas ha cambiado de forma profunda: la inmensa mayoría de los hinchas que viajan se ven hoy a sí mismos como embajadores y no como alborotadores. Sin embargo, el presidente de la FIFA sigue recurriendo al antiguo cliché del hooligan violento. Esa elección no es inocente; es políticamente cómoda y deja en evidencia lo superficial que es la comprensión de Infantino sobre la realidad de los aficionados.
Los hinchas ven desprecio, no humor
Las asociaciones de aficionados, que agrupan a peñas y grupos de hinchas de todo el Reino Unido, no se tomaron estas palabras como una simple broma. Al contrario, las calificaron explícitamente de “broma barata” y emplazaron a Infantino a centrarse en los temas que realmente importan a los seguidores: precios asumibles de las entradas, acceso justo a los partidos y condiciones dignas para poder acudir al Mundial de 2026 en Estados Unidos, Canadá y México.
Para unos aficionados ya preocupados por la escalada de precios y la logística del torneo de 2026, escuchar al presidente de la FIFA utilizar su tribuna para burlarse de su reputación, en lugar de abordar el coste de las entradas o su trato en los estadios, fue percibido como una bofetada.
Cuando Infantino intentó justificar después que sus palabras eran “ligeras” y “en tono de broma”, solo reforzó la sensación de desconexión. Que un dirigente que maneja miles de millones en derechos televisivos y patrocinios pida a los aficionados que se rían de un estereotipo con consecuencias muy reales —en la forma en que se les vigila, se les trata y se les retrata en los medios— lanza un mensaje claro: para la cúpula de la FIFA, los hinchas siguen siendo decorado, no actores con voz propia. En ese contexto, sus disculpas se leen más como un ejercicio de control de daños que como un arrepentimiento auténtico.
Un liderazgo sistemáticamente fuera de tono
La indignación que ha levantado esta “broma” se explica porque encaja en un patrón ya conocido. Infantino se presenta a sí mismo como un gran “estadista” del fútbol, proclama que la FIFA
“va de la mano con la paz”,
defiende sedes mundialistas polémicas e incluso ha llegado a insinuar que Donald Trump merecería un premio de paz, mientras sostiene que el fútbol debe estar por encima de la política.
Sin embargo, su discurso revela una y otra vez a un dirigente más interesado en la imagen y el espectáculo que en rendir cuentas ante jugadores y aficionados. Antes del Mundial de Qatar, ya protagonizó un discurso tan extravagante como vacío, afirmando
“hoy me siento…”
para proclamarse solidario con distintos colectivos marginados, mientras defendía un torneo marcado por la explotación de trabajadores migrantes y por leyes represivas.
Años después, nada ha cambiado: sigue recurriendo a narrativas simplistas —esta vez sobre los aficionados británicos— en lugar de afrontar los problemas estructurales del fútbol global: sobrecarga del calendario, agotamiento de los jugadores, precios desorbitados de las entradas, decisiones opacas y concentración de poder en pocas manos. Cada vez que llega la crítica, la respuesta es la misma: grandes eslóganes, pose moralizadora y, ahora, chistes desafortunados.
Unas disculpas que los aficionados no compran
En una entrevista posterior, Infantino trató de apagar el incendio asegurando que Qatar 2022 había sido un “evento pacífico” y que su comentario sobre las detenciones pretendía simplemente subrayar ese éxito. Pidió perdón a los aficionados de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte, e intentó reposicionarse como admirador del fútbol británico, repitiendo que los hooligans son “criminales” y no auténticos hinchas.
Sobre el papel, puede parecer un paso atrás. En la práctica, es un mensaje cuidadosamente redactado para cumplir con el trámite sin tocar el fondo del problema: la forma en que la FIFA habla de los aficionados y la forma en que ignora —o minimiza— sus demandas.
Lo más revelador es que estas disculpas no vienen acompañadas de ningún compromiso concreto respecto a los puntos planteados por los seguidores. No hay promesa de revisar la política de precios para 2026, ni de abrir un proceso serio de consulta con las organizaciones de hinchas, ni de reconocer que este tipo de estereotipos condicionan las estrategias policiales y pueden incluso poner en riesgo a gente inocente. Sin medidas tangibles, la “disculpa” no pasa de ser un gesto de relaciones públicas. Y los aficionados lo tienen muy claro.
Por eso, en lugar de aplaudir un arrepentimiento de cartón piedra, cada vez más voces sostienen que no basta con presionar a Infantino: ha llegado el momento de cuestionar a la propia FIFA.
La imagen de la FIFA deriva en crisis de confianza
La imagen de la FIFA lleva años dañada por escándalos de corrupción, decisiones polémicas sobre sedes mundialistas y una opacidad financiera que nadie cree inocente. El Mundial de Qatar concentró muchas de estas críticas: violaciones de derechos humanos, condiciones laborales abusivas, poder del dinero y de los intereses geopolíticos.
En este contexto, la broma de Infantino sobre los aficionados británicos no es un “desliz” aislado. Es un capítulo más en la historia de una organización que nunca ha aprendido realmente a respetar a su público.
La moneda que hoy le falta a la FIFA es la confianza. Cuando los seguidores escuchan a su presidente recurrir a clichés en lugar de abrir un diálogo serio sobre seguridad, precios o condiciones de acceso, ven lo que hay: una estructura gobernada de arriba abajo, con controles internos mínimos y sin voluntad de rendir cuentas. Una entidad que de verdad quisiera regenerarse debería avanzar hacia más transparencia y hacia un reparto real del poder. Bajo el mando de Infantino, sucede lo contrario: autocomplacencia, victimismo y discursos vacíos.
Aficionados como parte interesada, no como blanco de golpes
Las organizaciones de aficionados han sido claras en sus expectativas: quieren ser tratadas como parte interesada con derechos, no como caricaturas útiles para arrancar risas en foros internacionales. Reclaman transparencia en el sistema de entradas, una consulta real sobre el calendario de competiciones y la logística de los grandes torneos, y un compromiso serio con el bienestar y la seguridad en las gradas.
En su lugar, se encuentran con un presidente que recurre a tópicos gastados y luego ofrece disculpas parciales cuando la indignación se hace incontrolable. Lo que está en juego en esta “broma” va mucho más allá de una frase concreta. Se trata del desequilibrio de poder entre una maquinaria multimillonaria como la FIFA y los aficionados comunes que sostienen el sistema con sus abonos, entradas y audiencias.
Cuando ese desequilibrio se combina con desprecio, condescendencia y burla, los llamamientos a “echar a la FIFA” dejan de ser un eslogan radical y se convierten en una reacción lógica de un público harto de ser tratado como un problema a gestionar en lugar de un socio al que escuchar.
¿Sigue siendo la FIFA legítima para gobernar el fútbol mundial?
La pregunta se vuelve inevitable: ¿es la FIFA, tal y como está estructurada y dirigida hoy, una institución legítima para gobernar el fútbol mundial? Un liderazgo incapaz de hablar de los aficionados sin caer en clichés difícilmente puede reclamar credibilidad en cuestiones mucho más graves, como los derechos humanos, la integridad financiera, el equilibrio competitivo o la protección de los futbolistas.
Desde hace años, numerosas voces piden una reforma profunda de la FIFA: límites estrictos de mandato, control independiente, transparencia radical en las finanzas y en los procesos de adjudicación de sedes, e incorporación formal de jugadores y organizaciones de hinchas a la gobernanza. En cambio, la era Infantino se caracteriza por una mayor concentración de poder, la expansión continua de los torneos y una comunicación de fachada que pretende romper con el pasado mientras reproduce los mismos vicios.
Si ni siquiera es capaz de articular unas disculpas creíbles por una broma ofensiva, ¿cómo se puede confiar en que esta dirección se hará cargo de crisis mucho más complejas?
Echar a la FIFA… o transformarla desde los cimientos
El lema que empieza a escucharse entre muchos aficionados —“es hora de echar a la FIFA”— expresa una frustración profunda frente a una institución que parece incapaz de humildad y de reforma real. Algunos lo interpretan al pie de la letra: imaginan estructuras alternativas que, a medio o largo plazo, podrían desafiar el monopolio de la FIFA sobre el fútbol internacional.
Otros ven en ese grito un llamamiento a una transformación radical desde dentro: apartar a Infantino, desmontar la cultura de desprecio y clientelismo que representa, e imponer normas de gobernanza realmente democráticas y transparentes. En cualquier caso, el mensaje es inequívoco: los hinchas se niegan a seguir siendo el punching-ball de una organización que dice hablar en su nombre mientras los humilla.
Si la FIFA quiere seguir siendo guardiana del juego a escala global, tendrá que dejar de trivializar las preocupaciones de los aficionados y aceptar que el poder debe compartirse con quienes llenan los estadios y mantienen vivo este deporte día a día. Hasta que eso ocurra, cada nueva “broma” desde la cúpula no se escuchará como humor, sino como el síntoma de una organización que ha olvidado a quién pertenece realmente el fútbol.